Lord Acton sobre los Historiadores
Russell Kirk
Introducción
por Gregory M.A. Gronbacher
Lord Acton es justamente recordado como el historiador de la libertad en el
contexto de la religión y la conciencia, principalmente aplicado a la política
y el pensamiento político. La visión política de Acton estuvo
formada por su trabajo y experiencia como historiador, su descubrimiento de
la necesidad de libertad intelectual en el historiador, lo que llevó a
su gran preocupación por la libertad en todos los campos en los que se
involucre la conciencia. Acton pensó mucho y escribió bastante sobre
los derechos y las obligaciones de los historiadores. Esta monografía tratará
sobre sus pensamientos sobre los historiadores. Digo "sobre los historiadores"
y no "sobre la historia" deliberadamente: sostendré que Acton fue un moralista,
y pensaba sobre su materia en términos de los deberes morales de aquellos
que la estudiaban. Sus pensamientos sobre su profesión son importantes
en el estudio de la religión y la libertad porque, para Acton, la libertad
del pensamiento y los escritos históricos estaban fundados en principios
religiosos, la obligación moral de la sinceridad, y de la santidad de la
verdad.
En el Dictionary of National Biography (Diccionario Nacional de Biografía)
donde cada ítem tiene un término que describe la ocupación o
el área de ocupación del sujeto, Acton es definido como "historiador
y moralista." Äste es el único lugar donde se conjugan esos términos.
Y es exactamente cierto: incluso los aforismos que dan a Acton su significado
actual en el pensamiento político son esencialmente moralistas en el contexto
de la historia. Al redefinir esta entrada para el New Dictionary of National
Biography (Nuevo Diccionario Nacional de Biografía), nuevamente describí
a Acton como "historiador y moralista." Esta conjunción especial no puede
ser más evidente que en su pensamiento sobre los historiadores.
Acton era típicamente victoriano en su devoción al ideal de la Verdad
(que a menudo escribía con V mayúscula). Le enseñaría a
sus hijos que la virtud más importante era decir la verdad. Acton también
era típicamente victoriano en su falla al reconocer las dos cosas distintas
que se funden en la palabra Verdad. Está la verdad objetiva, lo que es
en verdad, y está la sinceridad, la condición moral, o el estado mental,
que busca describir los hechos honestamente. Acton, el moralista, estaba principalemente
preocupado con la calidad moral de la sinceridad. Äl suponía, quizás
inocentemente, que si esto estaba ligado a los métodos de investigación
apropiados llevaría a la verdad histórica. Äste era para él el
atractivo de la disciplina Historia, que, cuando la descubrió a mediados
del siglo diecinueve, había aprendido a descartar sus prejuicios y a trabajar
objetivamente sobre fuentes válidas y originales de documentación
histórica, por lo tanto convirtiéndose en una verdadera Wissenschaft,
una palabra incorrectamente traducida por "ciencia." Así, resistirse a
las conclusiones de la ciencia histórica era un pecado contra la verdad.
Se requería que se permitiera a los historiadores buscar la verdad en beneficio
de ella, operar libremente de acuerdo a sus propios métodos, independientes
de autoridades externas y sin preocuparse por el efecto que pudieran causar
sus trabajos. La verdadera búsqueda de la verdad requería una completa
libertad de investigación. De modo que la moralidad guió hacia la
libertad, primero en la historia.
El pensamiento de Acton sobre estos temas se formó a principios de la
década de 1850 por su aprendizaje, en Munich, con Ignaz von Dölinger,
el principal historiador católico en Alemania. Era una época emocionante
para los estudiantes de la historia científica, una disciplina desarrollada
en las universidades alemanas. Se había descubierto a la objetividad como
una virtud tan necesaria como útil, liberando al historiador de las cadenas
del partidismo y para mostrar, en frase de Ranke, el principal historiador,
"lo que realmente pasó" (wie es eigentlich gewesen). El método crítico
de examinar las fuentes produjo nuevas y sólidas interpretaciones de las
autoridades históricas, y Ranke fue pionero en el estudio de fuentes básicas
originales justo en el momento en que muchos de los archivos de Europa se abrían
a los estudiosos. Acton se encontró siendo el compañero de estudios
de Dölinger en esta nueva historia de archivos. Dölinger, educado
en la más antigua escuela crítica participó en la libre competencia
de estudiosos católicos y protestantes, tenía un motivo apologético
detrás de su objetividad, buscando probar que los católicos podían
ser tan sólidos y objetivos como los protestantes y así desmentir
rumores contra su Iglesia. Pero la historia científica le ganó al
historiador, y el historiador triunfó sobre el sacerdote: Dölinger,
seguido por Acton, descubrió y expuso las fallas de su Iglesia. Hacia fines
de la década de 1850 y a principios de la de 1860 Acton, como periodista
católico en Inglaterra, y Dölinger, como historiador católico
en Alemania, fueron criticados por una libertad y objetividad excesivas en sus
críticas a la Iglesia. Así, el tema de la libertad intelectual se
convirtió en personal para los dos hombres, en la forma de libertad de
erudición histórica contra las autoridades de la Iglesia. Fue un ataque
papal a la libertad de erudición reafirmado por Dölinger en 1863 lo
que llevó a Acton a finalizar su carrera periodística en 1864. Así,
su primera lucha por la libertad fue en el terreno religioso, una lucha por
la libertad, dentro de la religión, de la conciencia docta contra la autoridad
eclesial.
La primera libertad por la que Acton luchó fue por la libertad intelectual.
Puede parecer raro que el historiador de la libertad política haya tenido
que enfrentar a la Iglesia más que al Estado, pero al final del siglo diecinueve
Acton no tuvo que defender la libertad intelectual contra el Estado. La Alemania
de Wilhelm puede haber sido autoritaria, pero respetaba escrupulosamente la
libertad académica; el pesado conservatismo de Austria escudó las
brillantes universidades de Viena y de Praga; otros países, con Inglaterra
a la cabeza, permitieron, e incluso impulsaron la libertad de pensamiento y
de prensa. Sólo las autoridades de la Iglesia Católica Romana buscaron
imponer control, y por lo tanto fue contra esas autoridades contra las que Acton
tuvo que luchar primero. En su teoría general sobre la libertad, Acton
valoró la Iglesia como institución, como también valoró
otros cuerpos corporativos, como un atenuador entre el Estado y los individuos,
pero su experiencia temprana mostró la necesidad de un atenuador entre
el individuo y la Iglesia institucional, e incluso estuvo dispuesto a invitar
al Estado menos autocrático a cumplir ese papel. En 1870 urgió a Gladstone
a que se uniera a la protesta general de los grandes poderes para prevenir la
definición del dogma de la infalibilidad papal. En 1871 vio a Dölinger
excomulgado por la Iglesia, pero protegido en su puesto en Munich por el hecho
de ser una universidad estatal. Acton estaba dispuesto a defender la libertad
por todos los medios contra todas las amenazas.
Esta generalización de lo que había comenzado como una defensa de
la libertad intelectual dentro de la Iglesia, tomó forma cuando Acton realizó
su gran gira por los archivos europeos a finales de la década de 1860.
Lo que estas fuentes mostraron fue la "falsedad convencional" de los historiadores
católicos, su práctica de la falsedad y la supresión de la verdad
para favorecer los intereses o la reputación de la Iglesia. Para quien
su compromiso con la verdad era parte integral de su religión, esta perversión
de la obligación moral de los historiadores, por parte de la religión,
estaba fundamentalmente mal. Lo que especilamente horrorizó a Acton fue
que los hechos particulares suprimidos por los historiadores falaces tenían
que ver con crímenes cometidos por líderes de la Iglesia, incluyendo
papas y santos, particularmente el consentimiento del asesinato de acuerdo a
los intereses de la Iglesia y la práctica de la persecución a muerte.
La moralidad de Acton en estos temas era simple, simplista quizás, como
su moralidad acerca de la verdad: matar es simplemente asesinato, el peor de
los crímenes. Y las autoridades de la Iglesia habían practicado la
persecución; papas y santos habían autorizado la muerte de herejes;
los teólogos habían justificado esas cosas como doctrina; y los historiadores
simplemente habían suprimido o justificado esos hechos. La persecución
se convertiría en la piedra de toque de la moralidad histórica de
Acton, elevando las críticas a su Iglesia del plano eclesiástico al
plano ético. No fue sólo una crítica a la Iglesia. El Estado,
en particular las monarquías absolutas, había estado envuelto en la
persecución y el asesinato político con no menos vigor. De modo que
el odio creciente de Acton hacia la persecución se unió a su antiguo
odio al absolutismo, inicialmente formado bajo la influencia de Burke pero ahora
tomando forma en el contexto de una preocupación particular como historiador.
Ästa era una preocupación que diferenciaba a Acton de Dölinger en
sus mentalidades históricas. Era una diferencia que Isaiah Berlin ilustraría
con la analogía del erizo y el zorro: el zorro sabe muchas cositas pequeñas,
mientras que el erizo sabe una cosa grande. Dölinger, el veterano historiador,
conocía todo tipo de mentiras de los historiadores y todo tipo de crímenes
eclesiásticos, pero las conocía por separado. Acton pudo generalizarlas
como un sistema invadiendo la historia en general, porque las conoció de
golpe y cuando era relativamente joven. En 1867 Pío IX canonizó al
famoso inquisidor Pedro Arbués. Para Dölinger esto significó
que la Iglesia había santificado el principio de la persecución, y
se encontró en una oposición ética contra Roma. Para Acton, quien
ya estaba en oposición, Arbués era sólo una parte más del
sistema, una mera ilustración de un sistema de mentiras y asesinatos.
El juicio de Acton sobre la Iglesia a través de la historia fue tan severo
que hizo que su oposición a un evento, la definición de la infalibilidad
papal en el Concilio Vaticano I de 1870, fuera menos fundamental que para Dölinger.
Acton concordaba con Dölinger en que la posición de la infalibilidad
era tan peligrosa como el absolutismo, y que se basaba en un pasado deficiente.
Dölinger se opuso al dogma como esencialmente falso y prefirió la
excomunión antes que someterse a él. Acton sentía que la Iglesia
de antes de 1870 tenía tantos crímenes en su haber que la suma de
un dogma no podía inclinar más la balanza. Si Roma era la verdadera
comunión, lo seguía siendo a pesar de sus fallas. En su respuesta
en 1874 al ataque de Gladstone a la infalibilidad papal en relación con
la lealtad civil de los católicos, Acton señaló numerosos casos
en los que las autoridades de la Iglesia habían sido culpables de crímenes
políticos sin invocar la infalibilidad papal; los católicos ingleses
habían ignorado los mandatos del papa en el pasado y un dogma recientemente
definido no cambiaría su lealtad civil. Así justificaba a los católicos
de entonces, revelando los errores de la Iglesia histórica. Acton utilizó
la ocasión para hacer una última demanda por la libertad de la historia
de la Iglesia: "Estaría bien si los hombres nunca hubieran caído en
el error de suprimir la verdad y alentar el error para una mejor seguridad de
la religión que yo deshonrara y traicionara a la Iglesia si abrigara una
sospecha de que las evidencias de la religión pudieran ser debilitadas
o las autoridades del Concilio socavadas por el conocimiento de los hechos con
los que he estado tratando." La fe de Acton trascendió a la historia. La
Iglesia enseñaba una verdad divina que no podía ser comprometida por
las acciones de hombres, incluso papas y santos. Mientras más exponía
Acton los crímenes de hombres de la iglesia, más se aseguraba en su
fe. Era muy exigente con la Iglesia que amaba.
Después de que la crisis vaticana hubo terminado, a fines de la década
de 1870, Acton formuló su plan para lo que hubiera sido su opera magna,
la Historia de la Libertad, que ha sido llamada el libro más importante
que nunca fue escrito. No es exactamente cierto que no haya sido escrito nunca.
Sus conferencias sobre la Historia de la Libertad, dictadas en 1877 y recientemente
publicadas por el Acton Institute, proveen un prospecto de setenta páginas
del trabajo mayor, una vista panorámica brillante del magnífico tema.
Sus conferencias en Cambridge sobre Historia Moderna están animadas por
su madura teoría de la historia de la libertad, casi como si hubiera retomado
el tema y lo hubiera completado bajo otro aspecto. Pero el proyecto como Acton
lo había formulado a fines de la década de 1870 fue, en efecto, abortado
a principio de los 80, como lo explicaré en breve. Ese proyecto, de todas
maneras, era bastante estrecho y cubría cerca de 150 años, desde la
década de 1680 hasta 1830, con una temática Whig, no la amplitud casi
universal de las conferencias sobre la Historia de la Libertad, ni siquiera
las conferencias sobre historia Moderna de Cambridge. Las notas a éstas,
publicadas en 1994 por George Watson, contienen aforismos brillantes, pero sugieren
que la conexión narrativa pudo haber sido desilusionante. El más grande
libro que nunca fue escrito puede deber su grandeza al hecho de que nunca fue
escrito.
Lo que puso fin al proyecto de la Historia de la Libertad fue la crisis moral
que trajo consigo la ruptura de Acton con Dölinger. Esto se originó
en la idea de Acton sobre la función moral de los historiadores. El tema
aquí era la persecución, la que Acton había considerado simplemente
como asesinato, según el consenso común el más atroz de los crímenes.
La persecución religiosa, asesinato para el beneficio de la Iglesia, fue
la peor de todas. Precisamente porque el crimen de la persecución tenía
su origen en lo que debe ser la fuente de la moralidad, debía ser vigorosamente
condenado. Más aún, no era un crimen privado: era ejercido por la
autoridad pública para un fin público, y así corrompía toda
la sociedad. Peor aún, la persecución era justificada por teóricos,
de modo que se perpetuaba como una doctrina para el futuro. El mal había
llegado al corazón de la Iglesia; era con palabras de Acton "el demonio
tratando de pasar desapercibido detrás del Crucifijo." Aquí Acton
funde su moralidad y su historia. Äl pensaba que la moralidad y la historia
compartían el mismo terreno "científico:" el asesinato podía
servir como un objetivo estándar del mal en ambas. En este punto básico
la moralidad debe ser mantenida por el historiador. Como un historiador de las
ideas, Acton estaba muy preocupado por la idea de la persecución. Peor
que el mismo asesino era el teórico que justifica el asesinato, y el historiador
que los defiende o incluso falla al condenarlos a ambos no es mejor que ellos.
El historiador no puede ser moralmente indiferente ("objetivo" en nuestro lenguaje
actual): debe ser un juez, aplicando los estándares morales como canon
de juicio, sin admitir excepciones. Por supuesto debe juzgar más duramente
a los mejores hombres, a aquellos que deberían saber más. De modo
que Acton criticaba más a los católicos que a los protestantes, a
los clérigos más que a los laicos, a los papas y santos más que
a todos.
El rigor ético aplicado a la historia es lo que provocó la ruptura
de Acton con Dölinger. El incidente que causó esta ruptura parece
insignificante comparado con la absoluta diferencia de principios que Acton
vio en esto. En 1879 Dölinger escribió el prefacio de una carta a
un artículo obituario, para nada crítico, sobre el obispo francés
Dupanloup. Acton consideraba a Dupanloup dispuesto a justificar los peores abusos
del papado de modo que no era mejor que aquellos que cometieron crímenes
en nombre de la Iglesia. Se sorprendió al descubrir que Dölinger no
estaba de acuerdo con él. Dölinger se rehusó a condenar a los
hombres sólo por su debilidad, prefiriendo explicar más que juzgar;
Acton juzgaba a los hombres inmediatamente, sin dar lugar a la moralidad de
épocas pasadas. Lo que siguió a este hecho fue la revelación
para Acton de que ni siquiera su amigo y mentor compartía su rigor ético,
que estaba absolutamente aislado en su posición fundamental. El impacto
de esta revelación paralizó las facultades creativas de Acton por
varios años.
A mediados de la década de 1880 Acton regresó a su trabajo histórico,
como parte de un movimiento destinado a crear la profesión histórica
en Inglaterra, convirtiéndose en uno de los fundadores del English Historical
Review. Cuando el editor, Mandel Creighton, un clérigo anglicano, invitó
a Acton a revisar su propia History of the Papacy (Historia del Papado), Acton
produjo una revisión severa criticando la falla de Creighton para condenar
a los papas de la época de la Reforma. En la correspondencia subsiguiente,
en la que Creighton tenía el mejor argumento, Acton pronunció su famosa
frase sobre el poder que tiende a corromper y el poder absoluto a corromper
completamente. Esto es más comúnmente citado en un contexto político,
como una condenación del absolutismo del Estado, que Acton odiaba profundamente.
Pero en este caso, su dicho pretendía ser una norma de la crítica
histórica, una advertencia acerca de la mitigación del juicio. "No
puedo aceptar su regla de que debemos juzgar al papa y al rey distinto a otros
hombres, con la presunción favorable de que no hicieron ningún mal.
Si hubiera alguna presunción sería en contra de los que ostentan el
poder, y aumentaría [la presunción] a medida que el poder aumentara.
La responsabilidad histórica debe compensar el deseo de responsabilidad
legal. El poder tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe completamente.
No hay peor herejía que la oficialidad santifique a quien posee el poder.
La integridad inflexible del código moral es, para mí, el secreto
de la autoridad, la dignidad, la utilidad de la historia. Si debiéramos
alterar el consenso general en beneficio del genio, o éxito, o rango, o
reputación, deberíamos alterarlo en benficio de la influencia de alguien,
de su religión, de su partido, de la buena causa que se beneficia con su
reputación y se resiente con su desgracia. Entonces la historia deja de
ser una ciencia, un árbitro de controversia, una guía para el extraviado,
una defensora de los valores morales que los poderes de la tierra y la religión
constantemente tienden a degradar."
Ästa fue la misión más noble que se haya asignado a los historiadores,
pero puede haber sido la más imposible. Por empezar, no había un consenso
de cómo debía aplicarse el código moral. Más importante
aún, la historia profesional es el estudio del contexto, y no del texto.
Los historiadores están entrenados para ubicar las acciones y eventos en
el contexto del tiempo y el lugar, consideraciones estas que son fatales para
una moralidad absoluta que es atemporal y universal. Como lo explica Owen Chadwick,
hay una tensión entre "la comprensión histórica y la convicción
moral": "el juicio moral," que es "la esencia del hombre," "corrompe al historiador."
La profesionalización de la disciplina histórica significó que
los historiadores no pudieron aceptar la función moral que Acton proponía
para ellos. Fueron reducidos de las historias universales a monografías,
y de árbitros morales a una objetividad necesaria pero sin valores. Aún
así Acton, aislado pero admirado, siguió involucrado con la historia
y los historiadores. Recibió su premio cuando en 1895 fue designado Profesor
Regio de Historia Moderna en la Universidad de Cambridge, potencialmente la
posición más influyente que puede ostentar un historiador.
Es costumbre para los profesores de Cambridge que inicien su cátedra con
una conferencia inaugural, y Acton aprovechó la ocasión para profesar
su credo histórico. Concisamente reexpuso su tema de la historia de la
libertad definiendo "la Unidad de la Historia Moderna" (el período desde
el Renacimiento) como un constante "progreso en la dirección de una libertad
organizada y asegurada," lo que él consideraba como la tarea de la Providencia
a través de la historia y percibida por los historiadores. Luego Acton
se dedicó al desarrollo de la historia científica en el siglo diecinueve
-bajo la influencia de Ranke, a quien describió como su "maestro"- investigadora
de archivos, crítica de las fuentes, y sobre todo imparcial. Sugirió
la necesidad y también las limitaciones de la historia científica,
"una disciplina a la que todos hacemos bien en someternos, y a la que quizás
también hacemos bien en renunciar." Esto llevó a su sección final,
preguntándose si él tenía " alguna propuesta esencial, que pudiera
servir como su epígrafe selecto, como una última señal, quizás
incluso como un objetivo." Su respuesta fue reasegurar su doctrina de los historiadores
como jueces morales: "los exhorto a que nunca alteren la norma moral o que bajen
los estándares de rectitud, sino a que prueben a otros por el precepto
que gobierna nuestras propias vidas, y a no tolerar a ningún hombre o a
ninguna causa para escapar a la condena inmortal que la historia tiene el poder
de otorgarle al mal," ya que "si bajamos nuestros estándares en la historia,
no podremos defenderlos en la Iglesia o el Estado."
Äste era un ideal noble y grandioso; expresado con una elocuencia inusual en
Acton; pero también era imposible. Acton fundó una escuela de Historia
en Cambridge, pero no fue una escuela de historia actoniana, la que él
fue el primero y único en practicar. Los historiadores se han dedicado
desde entonces a una mera objetividad, como lo mejor que pueden obtener. Acton
debe haber sabido que estaba lanzando una protesta desesperada contra la tendencia
inexorable de la profesión histórica que estaba ayudando a fundar.
Había sugerido que era "una última señal, quizás incluso
como un objetivo"; y su gran exhortación comenzó con un reconocimiento
de que "el peso de la opinión está en mi contra." Habiendo lanzado
su protesta, Acton dedicó el resto de su carrera en Cambridge a trabajar
con los historiadores en sus propios términos, aceptando las limitaciones
de éstos. Sus propias conferencias seguían avanzando sobre sus temas,
pero el último gran proyecto de su vida, la Historia Moderna de Cambridge,
lo forzó a admitir que la objetividad (él prefería decir "imparcialidad")
era lo más que podía pedir a sus colegas.
El prospecto de Acton de 1896 para la Historia Moderna de Cambridge preveía
la oportunida de "documentar la plenitud del conocimiento que el siglo diecinueve
está a punto de dejar como legado," basada en una investigación crítica
en archivos, y que sería producida por una "división de tareas" en
la que cada capítulo sería escrito por el erudito de habla inglesa
más competente en el tema. ¿Pero cómo esa cantidad de hombres
conseguirían una consistencia en la aproximación a los temas? o ¿cómo
podría atarse a escritores eminentes a un tema común? La única
respuesta era insistir en la absoluta imparcialidad, en evitar cualquier punto
de vista. "Evitaremos la inútil presentación de opiniones, y el servicio
a una causa. Los que contribuyan comprenderán que estamos ubicados no bajo
el meridiano de Greenwich, sino a 30 grados de longitud oeste" -o sea, no en
un país determinado, sino en medio del Océano Atlántico. Sin
duda Acton esperaba que el trabajo terminado (que planeó pero no vivió
para publicar) manfestaría su tema de la unidad de la historia moderna
como un progresar hacia la libertad, pero ésto debía lograrse por
la organización de los volúmenes y los capítulos, y no por la
afirmación de una postura.
Este énfasis en la neutralidad era el tema principal en las cartas que
Acton envió en 1898 a los que contribuirían en esta Historia. "Nuestro
esquema requiere que nada pueda revelar el país, la religión o el
partido al que pertenecen los escritores. Esto es esencial no solamente porque
la imparcialidad es la característica de la historia legítima, sino
porque el trabajo se lleva a cabo por hombres que actúan juntos con el
único objetivo de aumentar el conocimiento preciso. La presentación
de opiniones personales llevará a tal confusión que desaparecerá
toda la unidad diseñada para el trabajo." En efecto, Acton reconoció
que estaba guiando un equipo que sólo podría mantenerse junto por
la imparcialidad, incluso no podía arreglar un diseño distinto al
que surgiría naturalmente de la estructura como un todo. Ya que para alguien
de tan amplia visión de la historia y tan alto concepto de la función
moral de los historiadores, la mera objetividad puede haber parecido un bajar
los estándares, pero la objetividad era meramente práctica, y representaba
el único estándar que podrían lograr los historiadores.
El ideal de Acton de los historiadores como jueces, como defensores de los
estándares morales, es el ideal más noble propuesto para los historiadores;
y es un ideal que ha sido rechazado, quizás con un respeto mezquino, por
todos los historiadores, incluso yo mismo. Nosotros, los historiadores de jornada
laboral, no podemos buscar más que lograr un alto grado de mediocridad,
y no podemos tener un ideal más alto que la segunda opción de Acton,
la imparcialidad u objetividad. En este sentido, y también por su relativa
falta de publicaciones, Acton fue, de algún modo, un historiador fallido.
Aún así sigue siendo relevante para los historiadores, no como un
modelo sino como un desafío. Si Acton está ubicado a la extrema derecha
de los historiadores, demandando algo más que objetividad, hay una extrema
izquierda significativa que eliminará la objetividad, y muchos otros que
modificarán profundamente ese estándar, que ya es moderado. Su crítica
se basa en la observación de que es difícil o incluso imposible para
el historiador alcanzar el estándar de objetividad, que siempre estará
afectado por su tiempo, su lugar, su credo e incluso quizás su género.
Ästo puede ser aplicado constructivamente como un llamado a los historiadores
a reconocer sus limitaciones y a hacer lo mejor posible. Pero también se
ha usado como una justificación para abandonar cualquier estándar,
para colocar al historiador por encima de los documentos históricos, negando
que hay una objetividad de los hechos, y permitiendo a un historiador individual
crear su propio pasado -el equivalente histórico del deconstruccionismo
y otras tendencias postmodernas en los estudios literarios. Para esto, Acton
en su aislamiento, sirve como una contraparte, una fuerza compensatoria que
le permite al centro resistir. Acton sirve no como un ejemplo sino como un contra-ejemplo
para los historiadores de hoy, proveyendo un estándar que no seguimos,
pero que nos permite, por lo menos, rechazar el directamente opuesto.
Hay muchos fracasos en la carrera de Acton, ya sea como católico liberal,
como político o como historiador. En la década de 1970 hubo una crítica
a los estudios continuos sobre semejante fracaso, y Sir Geoffrey Elton incluso
propuso una moratoria sobre los estudios de Acton. Aún así, en estos
años del centenario, los estudios sobre Acton son una pequeña industria
próspera, que sugiere que hay algunos fracasos que son más interesantes,
e incluso más valiosos, que lo que puede ser el mero éxito. Si Acton
hubiera sido un éxito de acuerdo a sus estándares o incluso a los
nuestros, hubiera sido un objeto menos instructivo para nuestro estudio. El
espectáculo de semejante hombre condenado al fracaso no por la limitación
de su pensamiento sino por sus propios estándares demasiado rigurosos es
inmediatamente una fuente de humildad y de inspiración. El fracaso vale
especialmente la pena estudiarlo cuando revela la fortísima integridad
de la devoción de Acton por la conciencia, por la verdad y por la libertad.
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