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El Nuevo Despotismo de la Vieja Europa

EL 2005 marca el bicentenario del nacimiento de uno de los más profundos pensadores políticos de la Europa del siglo 19. Un poco menos conocido que Marx, pude ser que Alexis de Tocqueville tenga la última carcajada en lo referente a la predicción exacta del curso de la historia. Esto es especialmente cierto en cuanto a la comprensión de algunos malestares económicos y políticos actuales de la “Vieja” Europa.

El mismo Tocqueville era un sujeto de estudio lleno de contrastes: un noble que abrazó los ideales de 1789 a pesar de que los miembros de su familia fueron guillotinados por los Revolucionarios; se autoproclamó como un liberal que detestaba el rabioso anticlericalismo del liberalismo Francés del Siglo 19; un Católico practicante que aceptaba que su fe había sido minada por las lecturas de los pensadores Iluministas de la Época de la Razón. Tal vez debido a estas tensiones Tocqueville captó cosas que ningún otro de su tiempo pudo hacerlo.

Tocqueville es recordado sobre todo por su Democracia en América, un libro que buscaba explicar a la Europa de su tiempo, la sociedad libre que se había enraizado en Norteamérica. Sin embargo, Tocqueville no escribió esta obra como un observador desconectado. Estaba ansioso de ayudar la transición de las sociedades Europeas hacia un orden democrático que consideraba inevitable, sin tener que experimentar la muerte y la dictadura que tuvo que sufrir Francia durante su Revolución.

La lectura cuidadosa de todos los escritos de Tocqueville produce grandes dividendos. Sin embargo, son sus preocupaciones acerca del futuro de la democracia las que tienen gran relevancia para la Europa actual—especialmente la vieja Europa. Esto tiene que ver particularmente a las advertencias de Tocqueville sobre lo que él llamó el “despotismo blando.”

En Democracia en América, Tocqueville sugirió que la democracia era capaz de engendrar su propia forma de despotismo, aunque sin los tintes de la dictadura Jacobina o Bonapartista, con la que los Europeos estaban demasiado bien familiarizados. El libro hablaba de un “poder protector inmenso” que tomaba la total responsabilidad por la felicidad de todos—siempre y cuando este poder permaneciera como “único agente y juez” de todo. Este poder, escribió Tocqueville, se “asemejaría a la autoridad paterna” pero trataría de mantener a la gente en “un infantilismo perpetuo” al relevar a la gente de “todo el problema de pensar y de todas las preocupaciones de la vida.”

Tales circunstancias pueden presentarse, advirtió Tocqueville, si el progreso de la democracia se acompañaba de una nivelación de las condiciones sociales. El peligro estaba en la obsesión de alcanzar la igualdad a través de un incremento del poder estatal centralizado. Nivelar las condiciones sociales, observaba Tocqueville, normalmente implica usar al estado para destruir aquellas asociaciones intermedias que reflejan las diferencias sociales, y que al mismo tiempo, limitan el poder del gobierno.

La visión de Tocqueville del “despotismo blando” es, por lo tanto, una de arreglos que mutuamente corrompen a los ciudadanos y al estado democrático. Los ciudadanos votan por aquellos políticos que prometen usar al estado para suministrarles lo que ellos deseen. La clase política cumple, mientras los ciudadanos hagan lo que sea necesario para obtener los deseos de cada uno. La “blandura” de este despotismo consiste en la rendición voluntaria de su libertad y su tendencia a voltear habitualmente al estado para la satisfacción de sus necesidades.

Al reflexionar sobre la “vieja Europa” de hoy, parece exhibir los síntomas básicos del despotismo blando. En Alemania, las reformas relativamente modestas del Canciller Schroeder del insostenible sistema asistencial, ha encontrado una resistencia masiva. Protestas similares han ocurrido en Austria. En Francia, la izquierda política ahora se refiere a la “semana laboral de 35 horas” como un “derecho inalienable.” Modificar la semana de 35 horas, por lo tanto, aparece ahora magnificada en sus mentes como una violación potencial de los derechos humanos. Recientemente, el gobierno de Jaques Chirac se rindió ante las demandas para que el sector público aumentara los salarios después de sólo 3 días de marchas de un millón de manifestantes.

La Constitución Europea también muestra signos de una mentalidad despótica blanda. No se limita a sí misma—como cualquier constitución sana lo haría—a bosquejar los orígenes, divisiones y limitaciones del poder estatal. Por el contrario, sus 511 páginas abarcan una plétora de cuestiones que van desde la pesca, la ayuda humanitaria, política del espacio, deporte, turismo, hasta asistencia económica a la anterior Alemania del Este. En otras palabras, la Constitución Europea provee el soporte de ley fundamental a los funcionarios de la UE que deseen inmiscuirse en cualquier cosa.

Al alentar tales tendencias, la constitución Europea difícilmente facilitará el crecimiento de aquellas asociaciones intermedias, que desde el punto de vista de Tocqueville, ayudan a prevenir que la democracia caiga en el despotismo blando. Tocqueville creía que estas asociaciones ayudaban a la joven república Americana a limitar al gobierno precisamente por su habilidad única para inculcar las virtudes que requiere la gente libre.

Si la reforma política y económica de la Vieja Europa va a tener éxito, se requiere, por lo tanto, desde el punto de vista de Tocqueville, más que una extensa desregulación y la voluntad política para desinflar los hinchados estados asistenciales. Demanda una seria renovación de las condiciones morales y culturales previas que requiere cualquier sociedad libre.

Finalmente, Tocqueville comprendió que era la cultura de una sociedad la que eventualmente determinaba su destino como libre o servil. Más que cualquier otro pensador, Tocqueville reconoció que el destino de la libertad en Europa dependía grandemente de sus hábitos morales-culturales. Hasta este grado, un aristócrata Francés del siglo19 puede haber entendido los dilemas de la Europa contemporánea mejor de lo que los entienden los mismos Europeos del siglo 21.



El Dr. Samuel Gregg es Director de Investigación en el Instituto Acton de Grand Rapids, Mich. Es el autor de Economic Thinking for the Theologically Minded (University Press of America, 2001) y On Ordered Liberty: A Treatise on the Free Society (Lexington Books, 2003).

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